Dimate explica que el problema no está en la presencia de la IA, sino en la manera en que se la introduce en la vida escolar. Para ella, la capacitación docente no debe enfocarse únicamente en aprender a manejar programas o plataformas, sino en comprender el trasfondo ético, político y pedagógico que hay detrás de cada algoritmo. “El maestro no puede convertirse en un ejecutor pasivo. Su tarea es mediar, interpretar y decidir qué lugar ocupa la tecnología en el proceso de enseñanza”, apuntó.

La especialista resalta que la IA abre posibilidades inéditas: permite personalizar itinerarios de aprendizaje, detectar dificultades a tiempo e incluso liberar a los educadores de tareas repetitivas. Pero insiste en que ninguna máquina puede reemplazar el vínculo humano: la mirada que reconoce las emociones, la palabra que motiva o la capacidad de acompañar a un estudiante en su singularidad. “El aula es un espacio de relación, de diálogo y de construcción colectiva. Si lo reducimos a lo que marca un algoritmo, perdemos la esencia misma de la educación”, advirtió.

Dimate también plantea un desafío político: garantizar que la incorporación de IA no esté guiada solo por intereses de mercado. “La escuela no puede ser un laboratorio de prueba de corporaciones tecnológicas. Necesitamos políticas públicas que aseguren que las decisiones se tomen en función del aprendizaje y no de la rentabilidad”, expresó.

En un escenario global donde la digitalización avanza a pasos acelerados, su mensaje es claro: los docentes deben posicionarse como actores centrales, capaces de cuestionar, seleccionar y orientar el uso de la inteligencia artificial en el aula. Solo así, dice, la tecnología dejará de ser un fin en sí mismo para convertirse en una herramienta al servicio de un proyecto educativo más justo y humano.